sábado, 14 de abril de 2012

Copete Gratis

ADVERTENCIA: El siguiente relato no es autobiográfico; es una combinación de historias reales pero ninguna en particular. Solo busco exponer una realidad que, lamentablemente, aún existe. La temática puede ser un poco fuerte para algunos lectores. Leer a discreción.


Después de la fonda nos fuimos a bailar. Con los estómagos llenos de empanadas tibias con cebolla amortiguada y de uno o dos anticuchos nos sentíamos más que satisfechas y preparadas para seguir festejando. El galpón estaba repleto; el ambiente vibraba con la música en vivo y ya se estaban condensando los vidrios.

Dejamos los abrigos en guardarropía porque el calor se hacía insoportable. La Rucia partió con su pinche a los sillones del segundo piso y con la Caro nos lanzamos a la pista. Todavía no hacía sed. En buena hora porque la fila para comprar era eterna. Llegaste con tu amigo y nos sacaron a bailar. Aceptamos. A eso íbamos. Te llamabas Martín y tus bromas eran algo infantiles pero no me di cuenta porque solo tenía 20 años. En ese tiempo no tenía filtro de clichés.

No bailabas muy bien pero le ponías empeño. Hacías pasos medios tropicales, esos que los chilenos hemos memorizado porque no los llevamos en la sangre. Te sigo el juego y nos reimos mucho. De a poco te vas acercando y me hablas al oído. No me gritas a pesar de lo fuerte que está la música. No es necesario. Cada vez que hablas siento calor en mi oreja y una cosquilla en el estómago. A veces un poco más abajo. Decido que me caes bien y que me gustaría que nos viéramos otra vez, pero no digo nada. Las minas somos así.

Luego de bailar toda una hora comenzamos a sudar y ya no se puede disimular. Me da vergüenza pero te lo tomas para la risa, lo que me hace sentir más segura.

"¿Querí' tomar algo?"

"Dale, vamos."

"No, quédate aquí. Voy y vuelvo."

Desapareces entre la multitud y me quedo ahí parada. Trato de buscar a la Caro pero no la encuentro. La Rucia sigue en el segundo piso tratando de crear un ambiente romántico en una multitud de extraños. Muevo mis pies al ritmo de la música pero no demasiado. Qué plancha bailar sola. Por los parlantes anuncian la última canción y las pifias no se hacen esperar. Reviso mi celular y veo que son las 3:52 AM. En mi cabeza empieza todo un argumento a favor de los carretes en fiestas patrias durando toda la noche. Soy joven y quiero pasarla bien. No estoy cansada; queda cuerda para rato.

Apareces al lado mío con dos vasos. El mío una piscola y una cerveza para ti.

"¿Salgamos?", me propones. Acepto y agradezco que no me estás mirando cuando me tomas la mano porque me sonrojé de inmediato. Recuerdo que tengo mi abrigo en guardarropía pero me dices que vuelva después cuando salgan mis amigas. Sé lo que va a pasar afuera. Sé que me vas a besar e intento anticiparme a lo que llevará a ese beso. Me pregunto qué vas a decir que va a ser tan encantador o tan gracioso o tan seductor que me dará el visto bueno.

Ya estamos afuera y el frío es espantoso. Tu auto está estacionado justo afuera del galpón y nos subimos. Me comen los nervios. Pones música mientras pruebo mi piscola. Está buena. Conversamos y la tensión es incómoda y adorable al mismo tiempo. Somos tan jóvenes; tenemos todo por delante y aquí estamos intentando conectarnos. Hasta el momento lo logramos. Me cuentas historias muy graciosas de tus amigos y de la universidad. Me haces reír mucho y más aún a medida que mi piscola desaparece.

Finalmente nos besamos. No lo haces muy bien, pero en ese momento no me doy cuenta. Tengo 20 años. Aún no conozco nada mejor. Nos reímos, nos besamos. Me tomas la mano. Todo es perfecto.

Siento que se adormecen mis piernas pero no le doy importancia. Quizás tomé mucho o algo así. Ya pasará. Pero no pasa. No las puedo mover. Lo mismo le pasa a mis manos, luego a mis brazos. Siguen mi cintura, mis hombros, todo.

"¿Estás bien?" me preguntas con una pequeña sonrisa.

No, no estoy bien. Lo quiero decir en voz alta pero no puedo. Estoy paralizada. No entiendo lo que me está pasando. El vaso de piscola, ahora vacío, se resbala de mis dedos y cae al suelo. Lo único que puedo mover son los ojos y lentamente se posan sobre el vaso plástico.

Ahora entiendo.

Enciendes el auto y te alejas cada vez más del galpón. Quiero abalanzarme sobre el manubrio o abrir la puerta o gritar o rasguñarte pero no puedo. No puedo hacer nada. Llegamos a una casa en un barrio que no conozco. Me bajas del auto y me arrastras adentro. El pánico me consume pero no se manifiesta. No sé qué mierda pusiste en esa piscola, pero podrías haber tenido la decencia de elegir una pastilla que además de inmóvil me dejara inconciente para no recordar lo que pasaría a continuación.

Me tiraste en una cama. Entraron dos personas más. Amigos tuyos, supuse. Con muy poca delicadeza me sacaron las botas y luego los pantalones. Sabía que no podía hacer nada, pero tenía la esperanza que a alguno de ustedes se le ocurriera apagar la luz.

Mientras hacían lo que querían conmigo sentí las lágrimas caer por mi rostro. El ardor se transformó en dolor. Cuando me dieron vuelta mi cara quedó aplastada contra la cama y apenas podía respirar. Pensé que la falta de oxígeno me dejaría inconciente de una vez por todas. Pero no fue así.

De pronto, una esperanza. Podía mover mis dedos. Poco, pero algo es algo. Los moví una y otra vez para no perder esa habilidad que tanta falta me hacía. Esperaba que ustedes no se dieran cuenta, pero me dieron ganas de gritar cuando el idiota de tu amigo apuntó mi mano. Rápidamente me vistieron y entre los tres me subieron al asiento de atrás. Tú, Martín, te quedaste en la casa mientras tu otro amigo idiota me llevaba a algún lugar. La noche se aclaraba. El miedo se multiplicó cuando sentí el olor del Mapocho entrar por la ventana. Pensé que me iban a tirar al río. Resultó que estaba cruzando el puente y nada más.

Unos minutos después el auto se detuvo. Tu amigo me bajó en el Forestal y me dejó en el pasto. No había nadie ahí a esa hora. Las noches todavía eran demasiado frías como para andar en la calle a esa hora. Por la cresta.

Quise girar la cabeza para ver si alcanzaba a ver la patente del auto. Algo, cualquier cosa que me ayudara a indentificarte más adelante para meterte preso, no sin antes hacerte mierda las bolas a patadas. Mis dedos se movían pero mi cuello coninuaba paralizado.

Mientras mi cuerpo despertaba junto con la ciudad me puse a pensar. Seguramente nunca te llamaste Martín. ¿Y tu amigo? ¿Y la Caro? ¿Le habrá pasado lo mismo? ¿A esto se dedican con tus amigos, "Martín", a drogar a mujeres y luego violarlas? Violación. Me pasó. Una escucha tantas historias y esperas que jamás te pase a ti. Hasta que te pasa. Y sentí terror. Terror de lo que me hicieron, terror de lo fácil que resultó para ti hacerme esto. ¿Qué va a pasar ahora? No usaron nada y quién sabe qué me pegaron. Tengo que ir a la clínica. Apenas pueda moverme pesco un taxi y le pido que me lleve a la clínica. Recién en ese momento me doy cuenta de que no tengo mi cartera. Quedó en tu auto.

Mis pies recuperan la sensación lentamente. Recuerdo cuando te acercaste a mí en el galpón. Todo lo que conversamos, todo lo que reímos. Me habías caído bien. ¿Por qué hiciste esto? ¿Era necesario? Si no hubieses resultado ser un hijo de puta enfermo y depravado podríamos haber salido como jóvenes normales. Lo habríamos pasado bien. Habríamos ido al cine, habrías tomado mi mano en la oscuridad de la sala. Saldríamos a más carretes, conocerías a mis amigas. Habríamos pololeado eventualmente. Te habrías sentado en mi mesa con mi familia.

Cuando finalmente puedo mover mis manos me las llevo a la cara y me largo a llorar.

***

Han pasado tres días desde esa noche. Cuando finalmente me pude mover me levanté y me fui al primer paradero que encontré. No sé qué cara tenía cuando me subí pero el chofer se compadeció de mí y me llevó gratis. No fui a la clínica. No fui a la comisaría. Estos tres días he sido un fantasma.

Salgo de la ducha y me miro al espejo. Todavía tengo moretones y marcas rojas en mi cuerpo. Me duele cuando me siento y no logro ponerme cómoda. El malestar físico y psicológico me consumen. Casi no hablo, casi no salgo de este trance. Ya no siento miedo ni rabia.

Siento vergüenza.

Vergüenza por no haber sido más cuidadosa. Vergüenza por permitir que esto ocurriera. Siento que es mi culpa. Sí, fue mi culpa porque rompí la regla de oro: NUNCA aceptes un trago de un hombre a no ser que mires con tus propios ojos cómo fue preparado de principio a fin. Me rompo la cabeza pensando por qué lo acepté, y ya tengo una respuesta que me hace sentir aún más idiota: porque no quería quedar como "cuática." Tanto que nos critican por ser desconfiadas y perseguidas, tantas veces nos han dicho que los hombres que te van a dañar son la minoría, que la mayoría no anda en esas y que solo quiere pasarla bien. ¿Cómo no te iba a aceptar ese copete, "Martín", si ya llevábamos una hora bailando y conociéndonos? Ya existía confianza. Ya nos tirábamos tallas y me hiciste pensar que te caí tan bien que me quisiste regalar un trago. ¿Cómo iba a rechazar un copete gratis?

***

No es hasta seis semanas después que me atrevo a contarle a mis amigas lo que pasó. De inmediato me abrazan y me consuelan mientras no dejo de llorar. Llaman a mis padres. Mi mamá llora conmigo, mi papá tiene una mirada de asesino. Nunca lo había visto así. Vamos a hacer una denuncia pero nos informan que es demasiado tarde. Mi papá se pone a gritar y un carabinero se acerca para pedirle que se calme. Ha pasado demasiado tiempo. Seis semanas. No hay ninguna evidencia. El tipo con el que bailó la Caro desapareció del mapa después de esa noche y no intercambiaron datos. Por más que lo intente la Caro no logra recordar su apellido. Cientos de personas me vieron salir de la mano de Martín de ese galpón pero ninguno de sus testimonios sirve porque no los conozco y ninguna registró ese momento. No sé la dirección de la casa donde me llevaron. No tengo la patente del auto. No sé el nombre de "Martín". No se puede recuperar evidencia física de mi cuerpo porque ya deseché la droga y el ADN de los tres hijos de puta ya desapareció. Lo único bueno de la situación es que no estaba embarazada ni tenía SIDA ni ninguna enfermedad venerea.

Salimos de la comisaría derrotados. Mi mamá llama a un psicólogo para que empiece una terapia. Mi papá no habla por horas y cuando lo hace su tono es duro. Sé que si llega a pillar a Martín lo mataría a golpes.

***

Han pasado dos años desde esto. Me costó volver a salir, me costó volver a confiar, pero lo logré. Ahora estoy pololeando y estoy muy contenta. Quizás tú también estás pololeando, Martín. Quizás llevas una vida normal. Quizás dejaste todo esto en el pasado porque en el minuto te dio lo mismo lo que estabas haciendo. Espero que no lo hayas vuelto a hacer. Espero que tus amigos tampoco. Si bien me da rabia que hayas quedado impune, por otro lado me tranquiliza saber que mi vida continuó.

Estamos en una fiesta de año nuevo con Gabriel, mi pololo. Faltan aún dos horas para las 12:00 pero la fiesta está prendidísima. Nos abrazamos y sobre su hombro creo verte. Se me congela la sangre. Me miras de vuelta y por cuatro segundos nada nos interrumpe. Sé que fuiste tú. Sé que sabes quién soy. Pero eres tan cobarde, tan poco hombre, tan colosalmente imbécil, que miras para otro lado y desapareces.

Seguirás arrancándote pero nunca encontrarás asilo. El día de mañana tu mayor castigo será tener una hija y pasarás el resto de tu vida aterrado de que ella se tope con un hijo de puta como tú.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El Problema de Britney.

Ayer, al igual que miles de personas, asistí al concierto de Britney Spears en el estadio nacional. Mientras todos se fijaban más en su cuerpo y en los temas que faltaron, en varias ocasiones me sorprendí a mí misma parada en cancha, mirando el monitor gigante con la imagen en vivo de la princesa del pop... y sintiendo pena por ella.

Britney ya no es la performer que fue a comienzos de los '00. No baila con el mismo entusiasmo, no dobla con exactitud (todos sabemos que Britney no canta en vivo), y los únicos momentos genuinos del show fueron cuando hacía una pausa y los fans gritaban con éxtasis. Y se le escapaba una carcajada, como si se acordara que por ésto (y por los millones) renunció a su vida privada. Fuera de esos momentos de espontaneidad, Britney era un robot. Ahora toca mover los brazos así, ahora toca doblar esto, ahora me muevo para allá. En su cara se veía que llevaba una lista mental de las cosas que tenía que hacer. Se veía concentrada, como si en cualquier momento se le fuese a escapar el control.

Sí, el setlist dejó mucho que desear (¿cómo no cantó Oops! I did It Again?), lo que hay que considerar es qué tipo de artista es Britney; qué va a hacer en las próximas décadas.

1- Britney no es cantante.
Britney nunca se ha destacado por sus cuerdas vocales. Tiene una voz de niña que puede asumir matices sensuales en segundos, pero no es cantante. Christina Aguilera es cantante. Viene de la misma escuela de Britney, pero tiene un vozarrón impresionante (siempre he sentido que Christina necesita trabajar con otros productores y no tratar de ser pop, sino enfocarse en el estilo que explotó con su personaje Baby Jane). Ella puede cantar en vivo por hora y media y dejarnos impresionados a todos con su histrionismo vocal. Eso no ha pasado ni nunca pasará con Britney y todos los sabemos. Eso no es lo que nos quiere vender.

2- La Letra.
Sí, Britney ha escrito algunas canciones, pero ninguna que nos revele alguna capa de profundidad o nos de un vistazo a su intimidad. Las canciones que escriben para ella tampoco tienen un ápice de profundidad que trascienda lo pop, lo que hace que su catálogo de canciones esté limitado a éxitos de ese género (y ahora último dance, lo que me parece una buena jugada de su parte), pero ninguna balada. Don't Let Me Be The Last To Know es un placer culpable, pero nada más. Desde su producción musical y letras e interpretación, nadie la recordará como un himno como sí lo fue Beautiful. I'm Not A Girl, Not Yet A Woman pudo haberse acercado más, pero no la incluye en su repertorio en vivo, quizás porque le parece anacrónico cantar sobre ese tiempo entre adolescencia y adultez cuando está a punto de cumplir 30 años. El no tener una balada hit no le permite sentarse al lado del piano a hacer una sentida interpretación y dejarnos a todos con nudo en la guata. Y ahí está el otro problema: sus canciones no te hacen pensar. Te dicen lo que siente. Todos los cantantes hacen una canción sobre la fama; Britney hizo Lucky. Lucky, CSM. LUCKY.

3- Baile/Se Nos Vino el Viejazo
Britney no es vieja. De ninguna manera. Pero ya no tiene 21. Creo que 27 es una edad aceptable para que un cantante baile todos sus temas. La coreografía entretiene, pero no puede ser el 50% de tu show cuando el otro 50% es playback, menos cuando no le pones empeño a ninguna de estas partes. Madonna baila en sus shows, pero no es todo lo que hace. Se mueve, manosea a los bailarines (porque eso es lo que hace Madonna), da unos pasos, pero no sigue la misma coreografía del cuerpo de baile. Tiene sus propios movimientos, y cuando los ejecuta, lo deja todo. Hace la pega. Britney se veía tan desganada y mecánica moviéndose (a medias) que uno se pregunta para qué se molesta. Y es porque así comenzó su carrera, así siguió, así nos la vendieron, y nunca tuvo la transición a "Mi Disco Serio/Emocional"... porque tampoco se lo pedimos, y tampoco creo que nos guste, porque Britney no es de esa onda. En una entrevista le preguntaron cuál era su mayor desafío y dijo "hacer ejercicio." Esa es toda la profundidad que nos deja ver, y jamás sabremos si hay más ahí. Como no puede tener un disco personal, tiene que seguir haciendo pop y dance, y ella cree que la única manera de ser estrella pop y dance es si baila durante todo el show. No es así. Mira a Cher. Mira a Madonna. Deja que los bailarines hagan la pega, tú pasea por el escenario, juega, etc... No tienes que bailar si no quieres, pero si lo vas a hacer, por la chucha: PONLE EMPEÑO.

4- Público objetivo.
Britney primero encantó a adolescentes, hombres y mujeres. Luego le vino el nervous breakdown y ya no se veía guapa y (la mayoría de) los hombres la cambiaron por nuevas cantantes con más pelo y menos kilos. Las mujeres nos quedamos porque pucha, es Britney. Crecimos con ella, hay cariño, y nos encanta burlarnos de E-Mail My Heart al mismo tiempo que la cantamos con ojos cerrados y puños dramáticos. Britney lo estaba pasando mal, le querían quitar a sus hijos, terminó en el hospital agobiada por paparazzi y necesitaba que la apoyáramos. Sin embargo la vimos en el escenario anoche y lo que más se escuchaba era "está gorda." Britney no está gorda, pero sí está pasada de peso en comparación a como se veía en Slave 4 U. Y ya no tiene para qué tener ese cuerpo perfecto. Ya es una estrella, ya no tiene 21 años y ya tiene dos hijos. No es esclava de dietas, lo pasa mejor (eso espero), está más en control. Anoche la vi más rellenita, pero no gorda. Tenía todo bien afirmado y lo que más le critiqué con respecto al físico fue el pelo y el vestuario (excepto el kimono que usó para Toxic). Entonces, ahora que los hombres no la encuentran rica y las mujeres le estamos prestando más atención a cantantes con catálogo más rico (como Adele y Lady GaGa), ¿quién vendrá por Britney? Simple: la comunidad gay. Fueron los que más cantaron, los que mejor lo pasaron, los que menos criticaron a la princesa caída en desgracia.

5- Factor X
Britney es similar a Madonna en términos de ser una megaestrella con poco talento. Las dos se vendieron bien: Madonna usó el sexo, Britney la imagen All-American Girl (y luego su etapa 'I'm not that innocent'), las dos bailan, las dos tienen una gran lista de hits que fueron hechos especialmente para discoteques, las dos viajan con giras espectaculares. Pero Madonna tiene algo que Britney no demuestra: ambición.

Y vuelvo a mi punto del comienzo: Britney se veía aburrida, desmotivada. En su cara se leía "I'm over this shit", pero sigue arriba del escenario, haciendo una performance a medias... porque como que ya no le interesa. Puede quedar Britney para rato, siempre y cuando se reinvente como ya lo hizo Cher, como lo hizo Madonna, como lo hace con tanto empeño Lady GaGa. Pero que le ponga empeño. Póngale Wendy, Britney. La estaremos esperando. Y si ya te aburriste, entonces viva su vida, mija. Hay 10.000 chicas que quieren ser la próxima Britney, y de ti depende darles la pasada, o bloquearles el paso y decirles: It's Britney, bitch.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Matrimonio para todos

Quiero comenzar diciendo que en este post no alcanzo a cubrir todo lo que quiero decir, así que hice lo posible por reducirlo lo más que pude.

El matrimonio es una entidad que evoluciona. En la antigua Grecia, los hombres terminaban su servicio militar más o menos a los veintitantos o treinta años y luego se casaban con una "mujer" de 11, 12 ó 13 primaveras. Hoy en día eso tiene un nombre en la cultura occidental: delito. En su tiempo era socialmente aceptado, pero hoy sería visto con repudio. ¿No es normal, entonces, si la sociedad evoluciona de manera natural, también lo haga el matrimonio?

Hace un siglo las mujeres no podíamos votar. A mediados del siglo XX comenzamos a salir de la casa y hoy en día competimos, aún disparejamente, con los hombres en el mercado laboral. Cabe destacar que una mujer tiene la opción de salir de la casa y ser independiente. La que quiere lo hace, la que no, se queda en casa, y también están las que siguen ambas opciones. No por eso una es mejor que la otra o es más o menos mujer. La belleza de todo es que está la opción.

Hay gente que prefiere estar sola, hay otros que quieren tener a alguien al lado para envejecer juntos. Hay muchas razones para casarse, pero la que continúa dominando a la raza humana es el amor. De acuerdo, hay gente que se casa con otros objetivos donde no prima el amor (ciudadanía, dinero, seguridad, etc...), pero me quiero referir a los que deciden unirse por la gran causa de todos. El amor. Sí, amor. Lo voy a decir una vez más para los que se están sintiendo incómodos: AMOR. Estamos más cínicos que en otros tiempos, y tal vez no dudamos en burlarnos de las cursilerías de parejas enamoradas, pero no creo que hayamos llegado al nivel de ignorar la existencia del amor.

Todo ser humano tiene la capacidad de amar y el derecho de manifestarlo de diferentes maneras. Una de esas maneras es el matrimonio. Un proyecto en común, un plan para el futuro, el deseo de estar para siempre unidos a otro ser humano. Además de los beneficios civiles que vienen con el matrimonio, también es una expresión de amor. La más pública de todas porque le anuncias a la sociedad que ya tienes compañero o compañera.

Entonces, si le estamos negando el derecho a casarse a parejas del mismo sexo, ¿no estamos de alguna manera diciéndoles de qué manera pueden amar? ¿Queremos entender que tus derechos ciudadanos cambian según con quién compartes tu cama?

No les estamos diciendo que no se amen, tampoco les pedimos que se separen (aunque eso quieren los más extremistas, pero escribo esto partiendo de la base que ellos no quieren ser parte de esta discusión), pero sí les estamos rayando la cancha. En palabras simples, le estamos poniendo límites. Tengo muy claro que no es necesario casarse para demostrar amor, pero el matrimonio sí es un derecho. Más allá de los términos emocionales, el matrimonio está disponible para todos los ciudadanos. Excepto para los homosexuales. Se espera que cumplan con todas las otras funciones de los ciudadanos heterosexuales, como por ejemplo votar, pagar impuestos, y cumplir la ley. Pero no pueden acceder al matrimonio.

Es muy común creer que la influencia de la iglesia tiene fichas en esta mano, y en eso estoy de acuerdo. Las autoridades eclesiásticas tienen voces que gozan de alta influencia en nuestro país, aún cuando el matrimonio como institución no fue creado en el Vaticano. Para muchos el matrimonio no tiene nada que ver con la religión, pero aquí debo hacer una observación. En las religiones, al igual que en el matrimonio, uno pertenece porque cree. Nadie se casa teniendo por seguro que todo va a resultar bien. Nos casamos determinados a hacer que todo funcione, pero también con una alta dosis de fe. No sé lo que puede pasar mañana, pero tengo fe en que mientras estemos juntos, todo va a estar bien; si estamos mal como matrimonio, espero que lo solucionemos. Ese es el compromiso que tomamos al casarnos. Con estos símiles entre matrimonio y religión no estoy sugiriendo que el matrimonio es patrimonio de la religión, sino que es patrimonio del hombre como especie. Así como tengo libre albedrío para creer o no creer en Dios, tengo la misma opción con el matrimonio. Quiero o no quiero creer. El matrimonio es más que una institución ciudadana o de la iglesia. Es un paso que podemos dar como seres humanos, pero que está regulado por el estado.

El tema del contrato no es menor . Hay tantos casos de parejas que han sido compañeros/as toda una vida, y al morir uno de ellos los bienes pasan a los familiares más cercanos. La familia de sangre es importante, pero ¿qué pasa con su pareja? ¿No formaron acaso su propia familia? Hay tantos que creen que el matrimonio entre homosexuales va a destruir la institución. ¿Por qué? ¿Me van a decir, acaso, que todos los divorcios que han ocurrido y que vendrán son culpa de los homosexuales? ¿Creen que si se aprueba el matrimonio para todos van a haber divorcios masivos por parte de lo heterosexuales? También están los otros extremistas que creen que la aprobación de esta ley va a llevar a gente a pedir casarse con su perro o con objetos, y a esos hay que pararles el carro. Si hay alguien que ve la necesidad de casarse con su mascota es evidente que esa persona tiene problemas serios, a diferencia de los homosexuales, que son personas tanto o más funcionales que los heterosexuales. Son gente que trabaja, estudia, contribuye, carretea, ríe, llora, y hace las mismas cosas que el resto. Son como tú y yo, pero no pueden casarse.

Aprobar el matrimonio entre homosexuales haría maravillas en pro de la tolerancia. Y sí, que se llame matrimonio. Llamarlo 'unión civil' es casi un placebo para no incomodar a los más conservadores. Deberían tener el derecho de llamarlo matrimonio y que incluya todos los beneficios, tanto legales como culturales. Decir "sí, que se casen pero que no lo llamen matrimonio" es como decirle a alguien que no puede comprar su casa propia, pero que por favor acepte arrendar otra propiedad. Y al final es eso lo que me molesta. Las soluciones parches o a medias que impiden la integración absoluta de las minorías en la sociedad. Homosexuales, lesbianas, transexuales y bisexuales seguirán existiendo hasta el fin de los tiempos, y va a llegar el minuto en que no podremos seguir ignorando sus derechos de ciudadanos. La integración tiene que llegar y cuando lo haga esas personas ya no serán simples arrendatarios a quienes permitimos vivir con nosotros. Van a tener su hogar junto al nuestro, y finalmente podrán decir que se sienten en casa en nuestra sociedad.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cuando los caminos se separan

Hace unos días leí una columna muy buena en Thought Catalog sobre la devastadora experiencia de perder a tu mejor amigo o amiga, y cómo lidiamos con la situación. En lo personal, he observado que a la hora de hablar del tema con otras personas hay que resguardarse un poco. Las veces que he demostrado tener mucha pena por estar en una mala situación con una amiga, casi siempre escucho el comentario "Ay, ni que te hubieran pateado." Y es que pareciera que la gente quiere ignorar el hecho que las amistades también son una relación sentimental, solo que cuando se acaba no te preguntas a quién vas a besar, sino que quién te escuchará.


Hay gente que te cae bien. Hay gente con la que puedes echar la talla o salir a carretear. También hay gente a la que necesitas en el sentido más puro de la palabra. Gente que es la primera en enterarse de las buenas y de las malas noticias, ya sea a la hora de almuerzo o a las tres de la mañana. Gente por la que metes las manos al fuego y haces hasta lo imposible por estar ahí y asegurarles que cuentan contigo, y esa gente te devuelve la mano de la misma manera y por un momento crees que la amistad durará para siempre.


Hay veces que tienes peleas grandes que lo cambian todo y una nueva gama de emociones sale a flote. Pero hay otras ocasiones en que no hay pelea. La amistad simplemente se desvanece. Miras hacia atrás y la persona estaba contigo, hoy miras hacia el lado y parece estar caminando al lado tuyo pero más lejos... Y miras hacia adelante y ya no la ves. No hay dramas ni conflictos que hayan gatillado este distanciamiento, la ausencia simplemente aparece. Esa persona ya no está en tu vida. Los caminos se separan, crecemos, nos convertimos en otras personas y finalmente no puedes entender cómo era posible que pudieran pasar horas al teléfono. Se acaba la curiosidad, el interés. Solo quedan tallas internas de hace años que no tienen mucho sentido hoy pero que las mencionas para evitar un silencio incómodo. Ahora escuchas las tallas frescas y no te causan gracia, y las tuyas son recibidas con una sonrisa más forzada.


Algo sucede. Nada extraordinario ni repentino. Es un proceso lento, un cambio tan sutil pero tan constante que llega el día en que miras a esa persona y ya no se reconocen. ¿De verdad fuimos tan cercanos? Las fotos en Facebook me indican que sí, y esos dos años que pasaron desde que tomamos las fotos se sienten como diez. ¿En qué minuto crecimos? Nos dejamos de buscar. Si nos encontramos, hablamos casi metódicamente y los silencios se hacen más largos, el contacto visual se hace más incómodo y todo lo que está alrededor parece mil veces más interesante que mirar a la otra persona. Y disfrazas la incomodidad prendiendo otro cigarro, o jugando con la pajita de tu jugo, o te abrochas los zapatos. Porque no quieres que se note demasiado que no tienes ningún interés de estar ahí. Suena duro, pero finalmente es eso. Te da lata. Te da lata este ser humano que adorabas y que ahora a duras penas haces partícipe de tu vida. Pero no quieres que quede en evidencia que nos aburrimos juntos, porque algo de amor queda y no quieres herir a la otra persona, y esa persona tampoco te quiere herir a ti. Son cordiales, pero tampoco hacen planes para volver a verse, y si los hacen, son muy vagos. Algo para terminar el encuentro de manera correcta.

¿Dónde se va todo ese amor? Queda en los recuerdos de un tiempo pasado, y cada vez que nombren a esa persona que ya no camina contigo no vas a sentir ni rabia ni odio, ni siquiera pena. Porque no pasó nada malo. Con suerte puedes identificar las razones del distanciamiento, pero sabes que esa persona fue especial en tu vida, y tú en la de ella. Quedan historias, fotos, viajes, y puedes nombrar cada momento en el que esa persona te hizo feliz, como al doblar la esquina de las páginas favoritas de un libro. Te acuerdas de ese primer abrazo con sentimiento, cuando te secaron las lágrimas, cuando trataron de hacerte reír con un mal chiste para no verte sufrir ni por un segundo. Por un momento te preguntas por qué ya no está en tu vida, por qué no puede ser todo como antes.


Porque la gente cambia. Las prioridades y los intereses ya no son los mismos, y así también cambian tus necesidades. Somos otras personas. Creíamos conocernos tan bien, pero hoy no nos distinguimos en una multitud. No sé si hay ganas de redescubrirse, aunque a veces sucede. Vuelves a encontrarte con alguien que habías dejado atrás hace años, y usas esa base de cariño para construir algo nuevo. Algo más maduro, más racional pero no por eso menos emocionante. Y cuando te das cuenta que dejaste a alguien atrás, queda la esperanza que te la toparás de nuevo más adelante y que, con algo de suerte y de trabajo, podrán escribir un nuevo capítulo.


Pero ahora no sientes eso. En tu corazón les deseas buen viaje a esas personas que vieron algo en ti y nunca olvidarás lo que viste en ellos. Te preguntas si sus caminos se cruzarán nuevamente y volverán a descubrirse, y tal vez ese cariño que creías muerto simplemente ha estado dormido todos estos años.

jueves, 19 de mayo de 2011

7 Cosas Que Aprendí de Chile Cuando Viví en Nueva York

Estoy pronta a cumplir un año de la fecha en que partí a la Gran Manzana por tres meses. Algunos pueden pensar que no es suficiente tiempo como para tener una mirada objetiva de una sociedad, pero es mi experiencia que al mes de tener una rutina en otro país ya comienzas a sacar conclusiones de tu patria, y con cada semana que pasa esas observaciones se confirman o se corrigen. Ahora que llevo bastante tiempo de vuelta en Chile siento que puedo compartir algunos puntos que me llaman la atención de nuestra sociedad.

1- Perdemos demasiado tiempo saludando de beso a gente que no conocemos.
¿Les ha pasado que son los últimos en llegar a un cumpleaños y les toca saludar a todos, y a veces como que uno se agota y hace un "HOLA" general moviendo harto la mano para que todos te vean y luego no puedan decir que no saludaste? Saludar de beso es una tradición casi tierna que poco a poco se ha convertido en una carga. Siento que en el ambiente personal es más correcto que en el profesional. Me parece raro y hasta inapropiado llegar a una reunión con gente que no conozco y saludarlos de beso. Es incómodo, forzado, y al final trivializas el beso, que es un gesto para demostrar cariño. Y ni siquiera saludas de beso-beso. La mayoría de las veces es presionar mejillas y chasquear los labios. Algunas veces hasta duele porque es un choque de pómulos. Creo que en esas ocasiones más formales sería más apropiado estrechar manos o hacer un gesto con la cabeza antes que poner tu cara contra la de un extraño.

2- El Metro de Santiago es la raja.
Sí, andamos todos apretados. Sí, nos cagamos de calor porque vamos todos apretados. Sí, nos corren mano porque andamos todos apretados. PERO el metro siempre llega a tiempo. Nunca me ha tocado un tiempo de espera mayor a 8 minutos entre tren y tren en el metro de Santiago, a no ser que haya un desperfecto técnico. Pero si te toca esperar, hay tele en el andén y en algunas estaciones hay espacios culturales. En Estación Moneda hay unos cuadros preciosos. ¿Saben lo que no hay en el metro de Santiago? Ratas. No digo ratoncitos, digo RATAS. Grandes de cola larga que pasan entre tus pies o se pasean por los rieles. Tampoco hay agua sucia ni basura en los rieles y los andenes siempre están limpios. Sería perfecto si el metro funcionara 24 horas y tuviese aire acondicionado, y tampoco nos caerían mal líneas paralelas, es decir, una línea que pase por el otro lado del río. ¿Se imaginan un metro que pasara por Kennedy, o que llegara hasta La Reina? Metro en todas las comunas y que funcione 24 horas es el sueño del pibe, pero lo que tenemos hasta ahora tampoco está tan malo. Además, todavía no llegamos al punto en que extraños froten sus penes contra las pasajeras.

3- Liberales, pero intolerantes.
Aquí todos tenemos que hacer un mea culpa. A todos nos gusta tener opinión y no hay nada mejor que todos la conozcan. Pero donde fallamos es en respetar la opinión del resto. No sabemos estar en desacuerdo, menos si son temas políticos. No somos muy objetivos. Si alguien no nos gusta entonces nada de lo que haga puede ser considerado bueno. Y no solo eso, también tendemos a caer en el odio, en el sentido más suave y en algunos casos más literales de la palabra. Si alguien no nos gusta lo despojamos de su humanidad. Si a esa persona le ocurre una tragedia nos falta poco para celebrarlo. Es como si pensáramos que se merece la desgracia, porque cómo va a ser posible que no piense como nosotros. Lo curioso es que los que mejor saben estar en desacuerdo son los políticos. Son cínicos al respecto porque se mandan mensajitos por la tele y el diario, pero igual no más tienen una relación cordial y de seguro hay uno que presta la casa a fin de año para el asado.

4- Relajados para carretear, pero ineptos a la hora de conocer gente.
Lo que me gusta de Chile es que no tengo que salir con tacos si quiero carretear. Nadie me va a mirar raro o me va a negar la entrada a una disco si llego con zapatillas. Somos de tiraje largo; podemos empezar carreteando en la casa de un amigo a las 11:00 y terminar comiendo un as en ese kiosco divino que está en Pío Nono con Dardignac a las 5:00 de la mañana. O podemos carretear menos y estar en la casa a las 2:00 tirando la talla, o durmiendo, y da lo mismo. Lo que sí nos cuesta es hacer conversación. si alguien se me acerca en un bar lo más probable es que ese chico tenga intenciones específicas. Siento que somos tímidos a la hora de conocer gente nueva que no tenga a nadie en común con nuestro círculo de amigos. Los extranjeros son buenos para conversar y no les molesta que la cosa quede hasta ahí. Al día siguiente te invitan a un café y la cosa también queda hasta ahí. Es raro en un comienzo, pero después te das cuenta que te quieren conocer. Que pueden ser amigos. Que no es necesario agarrarte a cualquiera que se te acerque. Y es raro, porque existe cierta presión para cerrar el trato rápido. Si no lo haces eres cartucha o reprimida y todo es culpa tuya, porque cómo va a ser posible que el tipo no te guste lo suficiente. ¿Qué pasó con las citas, con las idas al cine, con las ganas de conversar y pasear y conocerse?

5- Muy preocupados del otro, y no precisamente de su bienestar.
Con esto me vuelvo a referir a algunos puntos del tema 3. Nos preocupa mucho lo que piensa el otro, tal vez para determinar lo más rápidamente posible si nos cae bien o mal, si es de los nuestros o del bando contrario. Somos sapos. ¿Se han fijado como la gente se mira en la calle? Vas feliz de la vida y con casi todas las personas que te cruzas en la vereda haces contacto visual. Antes pensaba que esto era algo cálido que demostraba que nos preocupábamos del otro y que nos deteníamos un momento para dedicarle un segundo a otra persona. Mentira. Luego de caminar por la calle sin que nadie me mirara ni la ropa ni los ojos ni la cara ni mis zapatillas ni mi gorro de lana me sentí libre. ¿Qué tenemos que andar mirando tanto? ¿Qué importa como anda vestido el chiquillo hippie? ¿Por qué tanto cuchicheo cuando la chica nueva de la pega llega con zapatos excéntricos? Hicimos del pelambre un deporte muy entretenido, y no nos damos cuenta que es una pérdida de tiempo. Si vas a la playa y me ves con mi celulitis aguda y aún así en bikini, ten clarísimo que me da exactamente lo mismo lo que pienses. Si a ti te preocupan esas cosas, entonces tú no muestros los tutos de naranja. Allá tú. Lo que es yo, me voy a ir a bañar con mis tutos de cráter.

6- Somos amigos.
No sé si esto es algo que tiene que ver con ser latinos, pero nuestra calidez con la gente que queremos es notable. Si bien somos fríos con gente que no conocemos o que piensa diferente, con los nuestros somos un amor. Somos de piel, de abrazarse por las puras, de inmediato ponemos el hombro al que lo necesite, hacemos una vaca para el cumpleaños de un amigo para que en lugar de recibir 5 regalos pencas reciba uno la raja y que siempre quiso. Si no estamos de acuerdo con un amigo, no importa, igual estamos ahí para cuando quede la grande. Nos cuidamos, nos defendemos a muerte, somos leales, le escondemos el teléfono al amigo que quiere puro llamar a su ex, y le tomamos el pelo a la amiga que se va de guajardo.

7- Cultos anti-cultura.
Nos castigamos mucho por los gustos personales. Si no te gusta algo chileno, entonces estás renegando de tu país y mejor ándate al extranjero porque aquí no necesitamos gente como tú. Si vas a cantar, que sea en español. Si vas a hacer cine, que tu historia tenga un drama social porque a nadie le interesan los problemas de los cuicos. Si vas a escribir, lo mismo. El arte es arte, la cultura es cultura, y puede tomar muchas formas. Estamos en un mundo conectado, tenemos acceso a lo que queramos y recibimos influencias de todas partes del planeta. Es inevitable que nuestros gustos vayan más allá de Los Prisioneros y del discurso político. Hay tantos temas que abordar, pero aún así nos limitamos y vemos la necesidad de decirle al otro cómo tiene que expresarse.

Al final siempre volvemos a la intolerancia. Política, cultural, lo que sea. Dejemos de preocuparnos tanto por lo que le gusta al otro o aprendamos a debatir. No sigamos tachando de fachos, comunachos, o lo que sea a otra persona porque no nos gusta como es. En la diversidad está la belleza, y si hay algo que tenemos en este país es la diversidad. Tenemos que aprender a admirarla no más.