lunes, 1 de enero de 2007

A Uno

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Me queda un año de clases. Pero ese no es el tema, al menos no el principal. Lo que me impulsó a escribir ahora, tan pronto después de mi previo post, es que me puse pensativa con el año que recién terminó. En materia personal, ha sido sin alguna duda el mejor. Muchas amistades que ni siquiera pude soñar, porque ni los sueños te dan tanta felicidad, y que han dejado una marca. Ayer la Isa y yo nos mandábamos mails diciéndonos lo mucho que nos queríamos y tantas cosas que pueden pasar por nostalgia de fin de año. Pero lo cierto es que además de la Isa hubo muchas más personas. La Lili, que ya es mi incondicional, mi primera y última partner en Duoc, la Gaby, la Paula C, la Paula-Timmy, la Sita Pope, Cristián... Gente con la que tuve el agrado de trabajar, reír y tomar y que hizo que el segundo semestre se me pasara volando.

Me di cuenta que durante el semestre fui yo, algo que a todos nos cuesta (especialmente a los que no son "yo," que bueno, son todos menos yo) pero que finalmente debemos hacer porque sólo podemos pretender por cierto tiempo. A veces cuesta ser uno, en especial en esta etapa en la que estamos creciendo y descubriendo de qué se trata esto de ser persona en una sociedad, con una familia, amigos y responsabilidades. Me cuestioné mucho quién soy, más bien, me critiqué. Me odié, como estoy segura que le pasa a muchos. Me sentí mala persona, pero no mala así no más. Mala de adentro, no porque cometí un crimen imperdonable o porque pequé capitalmente, sino por pura exageración y rollo mío. Quizás para hacerme la interesante.

En retrospectiva, me doy cuenta que estoy bien. Así soy, con mis defectos y virtudes, siempre con la inquietud de ser mejor, pero yo al fin y al cabo. Y es cosa de ver las recompensas que ser fiel a mí misma ha traído. Amigos, felicidad, aventuras, confianza. Y mucha seguridad. Con tanta cosa buena dando vueltas una se siente lista para hacer lo que sea. Y esa gente que te ha observado y que sabe cuánto te cuesta armarte de voluntad para ir a clases y sacar la carrera que no te entusiasma tanto como en el primer año, uno no se da cuenta, pero siempre hay alguien observando. Como cuando el Bene me abraza y después se aleja un poquito para poder mirarme a los ojos y decirme, "estoy orgulloso de ti." Y eso te destroza, pero para bien. O cuando valoran algo tan sencillo como tu presencia. Mi mamá cuando luego de un breve silencio sonríe, me soba la espalda y me dice, "me encanta que estés aquí."

Y no sé, uno que se complica tanto por encontrar la grandeza con fuegos artificiales, epifanías bajo la lluvia con una fantástica banda sonora, cuando la grandeza está ahí mismo, frente a ti. En un grupo de primos de todas las edades escuchando al otro primo púber contar cómo le pidió pololeo a su novia. Y sonríes y por dentro piensas, "por Dios, que estoy feliz." O en cosas aún más sencillas, como ese maestro que de puro cafiche te dijo un piropo en la calle, sin saber que estabas teniendo un mal día y que ese piropo que le debe decir a cualquier mujer que pase caminando, sea la Venus de Milo o un adefesio, te hizo reír para tus adentros. En un sobrino que sin pensarlo dos veces te pide que te acuestes con él un ratito, al menos hasta que se quede dormido. Un grupo de hermanos comiendo y cantando canciones de películas que veíamos de chicos, y de repente tu hermano retraído rompe en canción para sorpresa de todos. Y yo me pregunto, ¿para qué más? ¿Para qué me obligo a creer que lo mejor es inalcanzable? Si está todo ahí, ¿para qué engañarse? Quizás hay gente que necesita lavarse los ojos para verlo, o tal vez esta grandeza sencilla no es suficiente para otros.

Lo que sí aprendí este año es que esta soy yo. Como me ven, como me leen, como me escuchan. Así soy, esto es lo que me gusta, esto otro me desagrada, pero lo tolero, y otras cosas simplemente no me pueden gustar. Y así y todo, con todas mis mañas, como no pagar con monedas de $100 distintas y el protocolo de cómo pisar las líneas en las aceras, me quieren y me celebran mis tonteras. Al final ser uno mismo no es tan complicado, siempre y cuandote lo permitas.

No puedo evitar recordar uno de mis momentos de epifanía, en Diciembre de 2003, escuchando la canción que puse al comienzo de este post, tuve un momento de pánico que fue apaciguado con una sola frase: deja que tu honestidad brille.

Recién ahora, años después, puedo ver los resultados. Ya puedo respirar tranquila.