martes, 22 de julio de 2008

Barómetro Interpersonal

como todo el mundo tengo momentos en los que la cosa no se da con ciertas personas. Y no me refiero a nada ultra personal, como una relación amorosa, sino a esas relaciones con gente que vemos día a día o de vez en cuando. Todo está bien hasta que se asoma esa sensación de que algo no está bien. Algunos lo miden con las miradas que les llegan, con los silencios incómodos, con esos comentarios medios pesados que algo esconden... En fin, hay tantas señales.

Lo admito: me cuesta manejar momentos difíciles. Por lo general estoy en buenos términos con la gente que conozco, así que cuando comienzo a escuchar ese "oh-oh..." que señala que algo cambió me empiezo a poner nerviosa. Ni tan nerviosa, pero sí tensa. Incómoda. Me siento impotente porque no quiero estar en mala con nadie, por muy utópico que suene. Pero hay un factor que tengo en común con todas esas personas y que se ha mantenido con los años, y es cuando ese factor está ausente que comienzan a sonar las alarmas en mi cabeza.

La risa.

Siempre me he considerado una persona que puede hacer reír, no sé si de lo que digo o si se burlan de mí. Pero no sé; es algo que tengo y que se adapta a las personas y situaciones en las que me encuentro. Es raro admitirlo porque puedo sonar arrogante, pero es algo que está presente hoy y lo ha estado desde que tengo uso de razón. Es como un regalo al que le saco el jugo y lo ordeño y lo cosecho y lo proceso y lo mando en containers para todas partes. Si no logro hacer reír a alguien a quien en lo cotidiano no resulta difícil sacarle una sonrisa es porque algo anda muy mal. Tampoco espero decir cosas graciosas siempre porque, después de todo, la vida no es TAN divertida, pero sé que de cinco tallas que me tiro por lo menos una merece una carcajada. Y si no se escucha nada es porque la cosa anda mal.

Si luego de un tiempo las risas vuelven me relajo y el ambiente se vuelve más sostenible. Vuelvo al modo normal, y vuelven las tallas, las ironías, el sarcasmo, el humor negro y las observaciones del tipo Seinfeld. A veces es una meta que me impongo. Cada vez que conozco a alguien tengo que hacerlo reír o por lo menos cambiarle la cara de poto aunque sea por unos segundos. No sé. Tal vez me acostumbré a ver tanta sonrisa y escuchar tanta carcajada que me resulta extraño ver a la gente muy seria.

La falta de risa es mi bandera roja. ¿Cuál es la de ustedes?

Y para terminar, algo muy choriflai.

4 comentarios:

SergioA dijo...

JA JA (risas).
Tu post me toca, porque a veces -y sólo a veces- soy demasiado serio y desconcierto a algunas personas.
En mi caso, pensar es uno de mis grandes placeres y puedo hacerlo en cualquier momento. Me abstraigo y, claro, puede ser lastimoso hacerlo justo cuando te están contando un chiste.
Primero: no te reíste con la talla y, segundo: no se sabe lo que estás pensando. Para una persona que no te conoce, la impresión puede ser desastrosa.
Para los conocidos esto no es ningún problema.

¿Mi bandera roja?
Bueno, cuando se suben las mangas de la camisa y me invitan a salir a la calle, digo: algo no anda bien.


En el caso de una relación amorosa, una mujer puede darse cuenta de que la cosa no camina cuando le hacen insinuaciones de este tipo:

http://www.youtube.com/watch?v=xJ9de-rOpRw

¡Uf!


Saludos,
Ortgrf Prfct

ZombieGirl dijo...

Lo que toca? Un silencio incomodo donde antes habia palabras qu llenaban todo. Es un don hacer reir jajaja, posta...No todos lo logran

Saludos!

SergioA dijo...

Como el video estaba feo, te dejo uno bonito, para elevar el espíritu.

Si no te gusta... uf, de nuevo.
:D

cariños

Isidora dijo...

Mi bandera de alerta es la falta de miradas. Cuando hablo siempre miro a los ojos, o por lo menos lo intento, y me fijo mucho si el otro lo hace.
Cuando las personas que suelen responder esa mirada la dejan ausente... uf, me pongo nerviosa y siento que algo mal hice o que un error garrafal cometí.