martes, 26 de febrero de 2008

Mea Culpa.

Acúsome de ser adicta a los abrazos. No sé de quién es la culpa. Tal vez de mis padres, que me dieron mucha bola de chica y que hasta el día de hoy no me dejan de apretar y sobajear como si fuera guagua de seis meses.

Tal vez es un síntoma de algo mayor. En una de esas soy dueña de un intelecto tan superior que no me es posible comunicarme como el resto de ustedes, meros conversores de carbono en oxígeno, y no me queda otra que expresarme con los brazos. O quizás es al revés, y soy tan idiota que la comunicación verbal no me acompaña y debo recurrir a gruñidos y abrazos para sentirme parte de una sociedad de seres superiores.

Todas las adicciones acarrean problemas. El primero es no tener quien comparta tu vicio y darte cuenta que eres la única pelotuda que consume. O toparte con gente alérgica a tu droga y que se arruga entera cuando te dice "no me manosees" como si fueras un leproso.

Llevo muchos años sufriendo de este mal que es tan bueno, y dándole vueltas al origen y al por qué de este afán por sentirme cercana a otro ser humano he llegado a la siguiente conclusión: solo quiero dar amor, baby. Sé que existen muchas maneras de demostrarlo, pero para mi la única manera de encapsular algo tan místico, superior, arrollador y desgarrador como el amor es con mis brazos alrededor de alguien. Sea familiar, amigo o conocido reciente.

Soy bastante necesitada de cariño. En realidad estoy desesperada. Todo el tiempo busco alguien que quiera devolver el gesto; no porque se sienta obligado o porque le doy pena, sino porque realmente disfruta de esa expresión de afecto. Sí, los abrazos y muestras físicas de cariño pueden resultar sofocantes y agotadores, pero yo obtengo la misma reacción cuando me es negada la posibilidad de apaciguar mis deseos de cariño. No ando abrazando a cualquiera; puedo ser bastante selectiva. Pero cuando me bajan las ganas de abrazar... sálvese quien pueda.

Imaginen lo siguiente: están esperando en una fila eterna. Alguien se quiere colar y lo encaran. La persona se va, pero antes de ir al final de la fila pide perdón con un abrazo. Al comienzo sentirán rechazo, pero luego de unos segundos se darán cuenta que esa persona es humana como el resto y también necesita algo de cariño. Y nada como un abrazo para limar asperezas. Llámenlo como quieran. Una locura, una estupidez descomunal. En lo personal, prefiero llamarlo solución irreverente de película indie.

Esta es una carta de advertencia para mis hijos que aún no son engendrados: les advierto que recibirán una dosis nada despreciable de abrazos diaria, y se verán tan necesitados de estos que sus castigos no involucrarán días sin ver televisión, sino que serán privados de abrazos. Pero como soy blanda no me voy a aguantar y los voy a abrazar igual, aún más si estoy enojada con ustedes porque es la única manera de poner las cosas en perspectiva para su madre, que no es más que una niña-mujer que quiere generar nuevos adictos a esta droga que tanto le hace falta al mundo.

Un abrazo.