domingo, 25 de julio de 2010

Un día a la vez

Hace poco más de una semana, así como en otras 3 ó 4 ocasiones en los últimos dos años, se me ocurrió dejar de fumar. Esta vez era en serio, al igual que las otras 3 ó 4 ocasiones. Iba a hacer todo lo posible para no pescar otro cigarrillo, tal como lo hice en las 3 ó 4 ocasiones anteriores. Hasta iba a usar suplementos de nicotina para ayudarme en mi dura lucha contra esos malditos cilindros cancerígenos. La octava es la vencida.

En mis otros intentos podía pasar cuatro o cinco días sin fumar, y cuando digo “sin fumar” quiero decir que fumaba cuando tomaba en la noche. De repente me encontré carreteando un martes a pito de escopeta. Ni siquiera era de noche ni me maquillaba, por lo que no contaba como carrete-carrete, pero como en Gringolandia todo es diferente unas chelas después de clases cuentan como salir a tomar algo y no como relleno, como pasa en Chilito lindo.

Ahora llevo más de una semana sin fumar, y cuando digo “sin fumar” quiero decir que no he hecho trampa. No he comprado cajetillas, no he bolseado, ni siquiera he pedido una fumada. Es más: cuando camino por la calle y paso junto a un fumador me abanico la cara para que el humo no me llegue, cual vieja aristócrata que piensa que la juventud está perdida. Y no me abanico para que el olor no me tiente, sino porque me da asco.

Sí, ahora soy una de esas personas.

Es increíble cómo cambia la vida cuando dejas de fumar (sin trampa). Ahora me puedo lavar los dientes minutos después de comer y no es necesario esperar hasta el último pucho del día (que era harto rico, debo decir). No tengo que salir para fumar ni me angustio porque no tengo encendedor. La ropa ya no apesta a humo, los dedos tienen olor a dedo y no a pucho mojado, y siento la boca más limpia. El ahorro es otro tema importante. Desde que dejé de fumar he ahorrado más de 100 dólares. Pero no todo es perfecto.

Siempre me ha costado dormir temprano, pero ahora me cuesta un poco más. La abstinencia de nicotina te mantiene alerta, y a ratos te invaden dolores de cabeza.

De la digestión ni les cuento. No voy a entrar en detalles, porque fui a colegio católico y me enseñaron que todo lo que sucede bajo el ombligo es pecado, pero sólo diré que antes era como un colibrí y ahora tengo que comer cereales de fibra. El cereal ayuda, pero no lo suficiente como para impedir mi inevitable subida de peso. Estoy tratando de comer bien, pero no funciona tanto. Me siento engordando, y para esto - y también para matar la ansiedad - estoy haciendo deporte.

Para alguien que ha hecho de la inactividad una actividad (en algunos casos una actividad remunerada), ponerse a hacer deportes de un día para otro no es cualquier cosa. Y menos cuando llevas una década fumando a lo Don Draper. Todo comenzó inocentemente con unos trotes lamentables en Central Park (cuando me pregunten cuándo dejé de fumar, voy a decir "Nueva York" – y cuando de nuevo pregunten cuándo voy a decir “Nueva York, sordito”). A veces exagero en mi auto-criticismo, pero déjenme decirles que daba demasiada pena. Cuando te pasa una señora octogenaria que ni siquiera ha comenzado a sudar, dan ganas de ponerte las pilas.

Y en eso estoy. Todos los días me pongo una nueva meta, que consiste en no parar cada 30 segundos. Los primeros días sentía mis pulmones, algo que generalmente pasa cuando inhalas aire muy helado. Y luego pasó algo increíble: ya no tenía dolor en el pecho. Poco a poco mejora mi resistencia, pero me falta mucho.

Lo otro es el lado emocional. Ahora puedo ver que el cigarro era un escape, una excusa, una muleta, un anti-todo lo que fuera malo; no precisamente porque realmente curara todo o fuera una solución viable a todos los problemas que me acosaban, sino porque yo le di ese rol. Uno siempre está asignando roles; conviertes a extraños en familia, das importancia a cosas que no lo ameritan, calificas de desechable cosas importantes, e inventas pociones mágicas que no hacen más que empeorar las cosas. Y yo hice del cigarrillo mi estabilizador. Algo que era parte de mi imagen (todos sabían que andaba con cigarros – y que no me molestaba compartirlos), que tenía una estética, que ya era parte de mi rutina. Si me subo a un bus para un viaje de tres horas, lo primero que haré cuando baje será fumar. No te das cuenta y la tontera te manda.

En fin, ya no lo quiero en mi vida. Estoy segurísima que encontraré tentaciones, y que en unos meses más bolsearé un puchito. O tal vez será mañana, o la próxima semana. Espero que no suceda, aunque sería rico ser una de esas personas (como mi padre) que puede fumarse un puchito cada tres meses y no lo echa de menos. Por ahora no puedo hacer eso porque aún me siento más débil que un cilindro de hojitas más chico que mi dedo.

Hay cierta dignidad en dejar de fumar. Espero obtenerla para recuperar la que perdí cuando me puse a fumar una cajetilla diaria, 11 años atrás.

3 comentarios:

SergioA dijo...

Éste es un chiste muy conocido: "Dejar el cigarro es fácil, yo lo he dejado 20 veces".
Ojalá lo consigas.
Y prepárate para cuando vuelvas porque la tentación va a ser mayor: el carrete en Chile es menos comprensivo con los no fumadores.

Para volver a la actividad del colibrí, lo más simple y efectivo es cambiar el pan blanco por pan integral. Y tomar más agua porque la fibra absorbe líquido.



Suerte.

bellota_b dijo...

Ha pasado tiempo desde este post...yo te pregunto:
¿aún sin fumar?
con suerte yo fumo por un trago.


cariñússs lindo blossssss!

Opiado dijo...

te pasaste pa encantadora.