lunes, 25 de octubre de 2010

Descubrirse


Desde hace un rato vengo pensando en un tema sobre el cual escribir aquí, y lo cierto es que ninguno me convenció lo suficiente como para completar un post. Y ahí están los borradores; seguramente quedarán olvidados junto a los que tienen fecha 2006, entre otros. El tema que me convoca esta vez es una suerte de continuación de un post anterior. Más que continuación es un lado B. Si antes hablé de mi curiosidad por personas con murallas emocionales, esta vez hablaré sobre las propias.

Creo que es más fácil mirarse el ombligo que mirarse al espejo (a no ser que seas la hija de Carolina de Mónaco -- liiiiiiiiiiiiiinda la cabra), en el sentido que pensar en uno y atender las propias necesidades es más seguro e ingenuo que mirarse. Pero hablo de mirarse en serio. De ver más allá de los defectos físicos que tenemos memorizados (y que muchas veces nadie más parece ver más que los que los poseemos) y observar esos defectos que justificamos de mil maneras. Los defectos en carácter y personalidad que nos hacen quienes somos, pero no necesariamente nos definen porque siempre puede haber cambios. Hay que ser honestos: cuesta cambiar los defectos. Es como nadar contra la corriente, pero no es imposible. Si hasta los salmones lo hacen.

Al final eso se traduce en que sea más exigente conmigo, pero también con los demás. Y lo cierto es que no todos te lo aguantan. Hay quienes son más de la idea de que a la gente no hay que entenderla; hay que quererla. Hay otros, como yo, que creen que eso es una mediocridad del porte de un buque. Qué rico que me quieran, pero también espero que exista una búsqueda; un interés por comprender, aún si no siempre trae resultados inmediatos. Es un tema de interés, y ese interés puede resultar en que te des cuenta por qué tal persona tiene tal defecto, o por qué yo reacciono mal frente a tal actitud.

La diferencia se nota en que si bien antes sentía que tenía que pedir perdón por ser como era, ahora pido perdón por mis errores. Porque esta es mi naturaleza, y es un medio que cambia conmigo y con los tiempos y con mi reacción a esos tiempos cambiantes. Y no es una naturaleza gratuita; tiene su razón de ser y causas, y si nos ponemos Freudianos podemos estar hasta mañana hablando del tema. En fin, aquí estoy.

Y ahora mismo estoy cambiando nuevamente. Lo siento en el día a día, en mis decisiones, en las batallas que quiero luchar y las que no, en mi interminable búsqueda de los tripulantes perfectos para esta suerte de Arca de Noé que es la vida, incluyendo a quienes necesito, y dejando abajo a los que no. Pero hay otros a los que les quiero tirar una balsa, por si acaso algo surge. O resurge.

En estos días estoy siendo mi propia conejilla de Indias. Estoy bajando las murallas que tengo desde hace tanto tiempo y que ultimamente no dejaban entrar la luz del sol. Estoy dando una oportunidad. No al que quiera acercarse, sino que a mí. Me quiero permitir tantas cosas que antes me aterraban, todo por mi afán de estar 10 pasos más adelante y de ponerme el parche antes de la herida y de ir por la vida adentro de un tanque que en su interior guarda a una niña que llora a mares. Y si por abandonar las protecciones viene dolor, puta... que venga. Para eso estamos. Y lo bueno es que toda esa gente a la que permití se acercara va a estar ahí.

Esto me lleva de vuelta al principio. Lo que realmente me motivó para escribir una nueva entrada y a hacer todo este ejercicio de introspección de manera pública fue un comentario que dejó una lectora, Camila, en este post. Y al final eso te demuestra que necesitamos del resto para conocer quiénes somos como personas.

Cuesta descubrirse al andar. Por eso es bueno que alguien te afirme el espejo.