miércoles, 25 de mayo de 2011

Matrimonio para todos

Quiero comenzar diciendo que en este post no alcanzo a cubrir todo lo que quiero decir, así que hice lo posible por reducirlo lo más que pude.

El matrimonio es una entidad que evoluciona. En la antigua Grecia, los hombres terminaban su servicio militar más o menos a los veintitantos o treinta años y luego se casaban con una "mujer" de 11, 12 ó 13 primaveras. Hoy en día eso tiene un nombre en la cultura occidental: delito. En su tiempo era socialmente aceptado, pero hoy sería visto con repudio. ¿No es normal, entonces, si la sociedad evoluciona de manera natural, también lo haga el matrimonio?

Hace un siglo las mujeres no podíamos votar. A mediados del siglo XX comenzamos a salir de la casa y hoy en día competimos, aún disparejamente, con los hombres en el mercado laboral. Cabe destacar que una mujer tiene la opción de salir de la casa y ser independiente. La que quiere lo hace, la que no, se queda en casa, y también están las que siguen ambas opciones. No por eso una es mejor que la otra o es más o menos mujer. La belleza de todo es que está la opción.

Hay gente que prefiere estar sola, hay otros que quieren tener a alguien al lado para envejecer juntos. Hay muchas razones para casarse, pero la que continúa dominando a la raza humana es el amor. De acuerdo, hay gente que se casa con otros objetivos donde no prima el amor (ciudadanía, dinero, seguridad, etc...), pero me quiero referir a los que deciden unirse por la gran causa de todos. El amor. Sí, amor. Lo voy a decir una vez más para los que se están sintiendo incómodos: AMOR. Estamos más cínicos que en otros tiempos, y tal vez no dudamos en burlarnos de las cursilerías de parejas enamoradas, pero no creo que hayamos llegado al nivel de ignorar la existencia del amor.

Todo ser humano tiene la capacidad de amar y el derecho de manifestarlo de diferentes maneras. Una de esas maneras es el matrimonio. Un proyecto en común, un plan para el futuro, el deseo de estar para siempre unidos a otro ser humano. Además de los beneficios civiles que vienen con el matrimonio, también es una expresión de amor. La más pública de todas porque le anuncias a la sociedad que ya tienes compañero o compañera.

Entonces, si le estamos negando el derecho a casarse a parejas del mismo sexo, ¿no estamos de alguna manera diciéndoles de qué manera pueden amar? ¿Queremos entender que tus derechos ciudadanos cambian según con quién compartes tu cama?

No les estamos diciendo que no se amen, tampoco les pedimos que se separen (aunque eso quieren los más extremistas, pero escribo esto partiendo de la base que ellos no quieren ser parte de esta discusión), pero sí les estamos rayando la cancha. En palabras simples, le estamos poniendo límites. Tengo muy claro que no es necesario casarse para demostrar amor, pero el matrimonio sí es un derecho. Más allá de los términos emocionales, el matrimonio está disponible para todos los ciudadanos. Excepto para los homosexuales. Se espera que cumplan con todas las otras funciones de los ciudadanos heterosexuales, como por ejemplo votar, pagar impuestos, y cumplir la ley. Pero no pueden acceder al matrimonio.

Es muy común creer que la influencia de la iglesia tiene fichas en esta mano, y en eso estoy de acuerdo. Las autoridades eclesiásticas tienen voces que gozan de alta influencia en nuestro país, aún cuando el matrimonio como institución no fue creado en el Vaticano. Para muchos el matrimonio no tiene nada que ver con la religión, pero aquí debo hacer una observación. En las religiones, al igual que en el matrimonio, uno pertenece porque cree. Nadie se casa teniendo por seguro que todo va a resultar bien. Nos casamos determinados a hacer que todo funcione, pero también con una alta dosis de fe. No sé lo que puede pasar mañana, pero tengo fe en que mientras estemos juntos, todo va a estar bien; si estamos mal como matrimonio, espero que lo solucionemos. Ese es el compromiso que tomamos al casarnos. Con estos símiles entre matrimonio y religión no estoy sugiriendo que el matrimonio es patrimonio de la religión, sino que es patrimonio del hombre como especie. Así como tengo libre albedrío para creer o no creer en Dios, tengo la misma opción con el matrimonio. Quiero o no quiero creer. El matrimonio es más que una institución ciudadana o de la iglesia. Es un paso que podemos dar como seres humanos, pero que está regulado por el estado.

El tema del contrato no es menor . Hay tantos casos de parejas que han sido compañeros/as toda una vida, y al morir uno de ellos los bienes pasan a los familiares más cercanos. La familia de sangre es importante, pero ¿qué pasa con su pareja? ¿No formaron acaso su propia familia? Hay tantos que creen que el matrimonio entre homosexuales va a destruir la institución. ¿Por qué? ¿Me van a decir, acaso, que todos los divorcios que han ocurrido y que vendrán son culpa de los homosexuales? ¿Creen que si se aprueba el matrimonio para todos van a haber divorcios masivos por parte de lo heterosexuales? También están los otros extremistas que creen que la aprobación de esta ley va a llevar a gente a pedir casarse con su perro o con objetos, y a esos hay que pararles el carro. Si hay alguien que ve la necesidad de casarse con su mascota es evidente que esa persona tiene problemas serios, a diferencia de los homosexuales, que son personas tanto o más funcionales que los heterosexuales. Son gente que trabaja, estudia, contribuye, carretea, ríe, llora, y hace las mismas cosas que el resto. Son como tú y yo, pero no pueden casarse.

Aprobar el matrimonio entre homosexuales haría maravillas en pro de la tolerancia. Y sí, que se llame matrimonio. Llamarlo 'unión civil' es casi un placebo para no incomodar a los más conservadores. Deberían tener el derecho de llamarlo matrimonio y que incluya todos los beneficios, tanto legales como culturales. Decir "sí, que se casen pero que no lo llamen matrimonio" es como decirle a alguien que no puede comprar su casa propia, pero que por favor acepte arrendar otra propiedad. Y al final es eso lo que me molesta. Las soluciones parches o a medias que impiden la integración absoluta de las minorías en la sociedad. Homosexuales, lesbianas, transexuales y bisexuales seguirán existiendo hasta el fin de los tiempos, y va a llegar el minuto en que no podremos seguir ignorando sus derechos de ciudadanos. La integración tiene que llegar y cuando lo haga esas personas ya no serán simples arrendatarios a quienes permitimos vivir con nosotros. Van a tener su hogar junto al nuestro, y finalmente podrán decir que se sienten en casa en nuestra sociedad.

sábado, 21 de mayo de 2011

Cuando los caminos se separan

Hace unos días leí una columna muy buena en Thought Catalog sobre la devastadora experiencia de perder a tu mejor amigo o amiga, y cómo lidiamos con la situación. En lo personal, he observado que a la hora de hablar del tema con otras personas hay que resguardarse un poco. Las veces que he demostrado tener mucha pena por estar en una mala situación con una amiga, casi siempre escucho el comentario "Ay, ni que te hubieran pateado." Y es que pareciera que la gente quiere ignorar el hecho que las amistades también son una relación sentimental, solo que cuando se acaba no te preguntas a quién vas a besar, sino que quién te escuchará.


Hay gente que te cae bien. Hay gente con la que puedes echar la talla o salir a carretear. También hay gente a la que necesitas en el sentido más puro de la palabra. Gente que es la primera en enterarse de las buenas y de las malas noticias, ya sea a la hora de almuerzo o a las tres de la mañana. Gente por la que metes las manos al fuego y haces hasta lo imposible por estar ahí y asegurarles que cuentan contigo, y esa gente te devuelve la mano de la misma manera y por un momento crees que la amistad durará para siempre.


Hay veces que tienes peleas grandes que lo cambian todo y una nueva gama de emociones sale a flote. Pero hay otras ocasiones en que no hay pelea. La amistad simplemente se desvanece. Miras hacia atrás y la persona estaba contigo, hoy miras hacia el lado y parece estar caminando al lado tuyo pero más lejos... Y miras hacia adelante y ya no la ves. No hay dramas ni conflictos que hayan gatillado este distanciamiento, la ausencia simplemente aparece. Esa persona ya no está en tu vida. Los caminos se separan, crecemos, nos convertimos en otras personas y finalmente no puedes entender cómo era posible que pudieran pasar horas al teléfono. Se acaba la curiosidad, el interés. Solo quedan tallas internas de hace años que no tienen mucho sentido hoy pero que las mencionas para evitar un silencio incómodo. Ahora escuchas las tallas frescas y no te causan gracia, y las tuyas son recibidas con una sonrisa más forzada.


Algo sucede. Nada extraordinario ni repentino. Es un proceso lento, un cambio tan sutil pero tan constante que llega el día en que miras a esa persona y ya no se reconocen. ¿De verdad fuimos tan cercanos? Las fotos en Facebook me indican que sí, y esos dos años que pasaron desde que tomamos las fotos se sienten como diez. ¿En qué minuto crecimos? Nos dejamos de buscar. Si nos encontramos, hablamos casi metódicamente y los silencios se hacen más largos, el contacto visual se hace más incómodo y todo lo que está alrededor parece mil veces más interesante que mirar a la otra persona. Y disfrazas la incomodidad prendiendo otro cigarro, o jugando con la pajita de tu jugo, o te abrochas los zapatos. Porque no quieres que se note demasiado que no tienes ningún interés de estar ahí. Suena duro, pero finalmente es eso. Te da lata. Te da lata este ser humano que adorabas y que ahora a duras penas haces partícipe de tu vida. Pero no quieres que quede en evidencia que nos aburrimos juntos, porque algo de amor queda y no quieres herir a la otra persona, y esa persona tampoco te quiere herir a ti. Son cordiales, pero tampoco hacen planes para volver a verse, y si los hacen, son muy vagos. Algo para terminar el encuentro de manera correcta.

¿Dónde se va todo ese amor? Queda en los recuerdos de un tiempo pasado, y cada vez que nombren a esa persona que ya no camina contigo no vas a sentir ni rabia ni odio, ni siquiera pena. Porque no pasó nada malo. Con suerte puedes identificar las razones del distanciamiento, pero sabes que esa persona fue especial en tu vida, y tú en la de ella. Quedan historias, fotos, viajes, y puedes nombrar cada momento en el que esa persona te hizo feliz, como al doblar la esquina de las páginas favoritas de un libro. Te acuerdas de ese primer abrazo con sentimiento, cuando te secaron las lágrimas, cuando trataron de hacerte reír con un mal chiste para no verte sufrir ni por un segundo. Por un momento te preguntas por qué ya no está en tu vida, por qué no puede ser todo como antes.


Porque la gente cambia. Las prioridades y los intereses ya no son los mismos, y así también cambian tus necesidades. Somos otras personas. Creíamos conocernos tan bien, pero hoy no nos distinguimos en una multitud. No sé si hay ganas de redescubrirse, aunque a veces sucede. Vuelves a encontrarte con alguien que habías dejado atrás hace años, y usas esa base de cariño para construir algo nuevo. Algo más maduro, más racional pero no por eso menos emocionante. Y cuando te das cuenta que dejaste a alguien atrás, queda la esperanza que te la toparás de nuevo más adelante y que, con algo de suerte y de trabajo, podrán escribir un nuevo capítulo.


Pero ahora no sientes eso. En tu corazón les deseas buen viaje a esas personas que vieron algo en ti y nunca olvidarás lo que viste en ellos. Te preguntas si sus caminos se cruzarán nuevamente y volverán a descubrirse, y tal vez ese cariño que creías muerto simplemente ha estado dormido todos estos años.

jueves, 19 de mayo de 2011

7 Cosas Que Aprendí de Chile Cuando Viví en Nueva York

Estoy pronta a cumplir un año de la fecha en que partí a la Gran Manzana por tres meses. Algunos pueden pensar que no es suficiente tiempo como para tener una mirada objetiva de una sociedad, pero es mi experiencia que al mes de tener una rutina en otro país ya comienzas a sacar conclusiones de tu patria, y con cada semana que pasa esas observaciones se confirman o se corrigen. Ahora que llevo bastante tiempo de vuelta en Chile siento que puedo compartir algunos puntos que me llaman la atención de nuestra sociedad.

1- Perdemos demasiado tiempo saludando de beso a gente que no conocemos.
¿Les ha pasado que son los últimos en llegar a un cumpleaños y les toca saludar a todos, y a veces como que uno se agota y hace un "HOLA" general moviendo harto la mano para que todos te vean y luego no puedan decir que no saludaste? Saludar de beso es una tradición casi tierna que poco a poco se ha convertido en una carga. Siento que en el ambiente personal es más correcto que en el profesional. Me parece raro y hasta inapropiado llegar a una reunión con gente que no conozco y saludarlos de beso. Es incómodo, forzado, y al final trivializas el beso, que es un gesto para demostrar cariño. Y ni siquiera saludas de beso-beso. La mayoría de las veces es presionar mejillas y chasquear los labios. Algunas veces hasta duele porque es un choque de pómulos. Creo que en esas ocasiones más formales sería más apropiado estrechar manos o hacer un gesto con la cabeza antes que poner tu cara contra la de un extraño.

2- El Metro de Santiago es la raja.
Sí, andamos todos apretados. Sí, nos cagamos de calor porque vamos todos apretados. Sí, nos corren mano porque andamos todos apretados. PERO el metro siempre llega a tiempo. Nunca me ha tocado un tiempo de espera mayor a 8 minutos entre tren y tren en el metro de Santiago, a no ser que haya un desperfecto técnico. Pero si te toca esperar, hay tele en el andén y en algunas estaciones hay espacios culturales. En Estación Moneda hay unos cuadros preciosos. ¿Saben lo que no hay en el metro de Santiago? Ratas. No digo ratoncitos, digo RATAS. Grandes de cola larga que pasan entre tus pies o se pasean por los rieles. Tampoco hay agua sucia ni basura en los rieles y los andenes siempre están limpios. Sería perfecto si el metro funcionara 24 horas y tuviese aire acondicionado, y tampoco nos caerían mal líneas paralelas, es decir, una línea que pase por el otro lado del río. ¿Se imaginan un metro que pasara por Kennedy, o que llegara hasta La Reina? Metro en todas las comunas y que funcione 24 horas es el sueño del pibe, pero lo que tenemos hasta ahora tampoco está tan malo. Además, todavía no llegamos al punto en que extraños froten sus penes contra las pasajeras.

3- Liberales, pero intolerantes.
Aquí todos tenemos que hacer un mea culpa. A todos nos gusta tener opinión y no hay nada mejor que todos la conozcan. Pero donde fallamos es en respetar la opinión del resto. No sabemos estar en desacuerdo, menos si son temas políticos. No somos muy objetivos. Si alguien no nos gusta entonces nada de lo que haga puede ser considerado bueno. Y no solo eso, también tendemos a caer en el odio, en el sentido más suave y en algunos casos más literales de la palabra. Si alguien no nos gusta lo despojamos de su humanidad. Si a esa persona le ocurre una tragedia nos falta poco para celebrarlo. Es como si pensáramos que se merece la desgracia, porque cómo va a ser posible que no piense como nosotros. Lo curioso es que los que mejor saben estar en desacuerdo son los políticos. Son cínicos al respecto porque se mandan mensajitos por la tele y el diario, pero igual no más tienen una relación cordial y de seguro hay uno que presta la casa a fin de año para el asado.

4- Relajados para carretear, pero ineptos a la hora de conocer gente.
Lo que me gusta de Chile es que no tengo que salir con tacos si quiero carretear. Nadie me va a mirar raro o me va a negar la entrada a una disco si llego con zapatillas. Somos de tiraje largo; podemos empezar carreteando en la casa de un amigo a las 11:00 y terminar comiendo un as en ese kiosco divino que está en Pío Nono con Dardignac a las 5:00 de la mañana. O podemos carretear menos y estar en la casa a las 2:00 tirando la talla, o durmiendo, y da lo mismo. Lo que sí nos cuesta es hacer conversación. si alguien se me acerca en un bar lo más probable es que ese chico tenga intenciones específicas. Siento que somos tímidos a la hora de conocer gente nueva que no tenga a nadie en común con nuestro círculo de amigos. Los extranjeros son buenos para conversar y no les molesta que la cosa quede hasta ahí. Al día siguiente te invitan a un café y la cosa también queda hasta ahí. Es raro en un comienzo, pero después te das cuenta que te quieren conocer. Que pueden ser amigos. Que no es necesario agarrarte a cualquiera que se te acerque. Y es raro, porque existe cierta presión para cerrar el trato rápido. Si no lo haces eres cartucha o reprimida y todo es culpa tuya, porque cómo va a ser posible que el tipo no te guste lo suficiente. ¿Qué pasó con las citas, con las idas al cine, con las ganas de conversar y pasear y conocerse?

5- Muy preocupados del otro, y no precisamente de su bienestar.
Con esto me vuelvo a referir a algunos puntos del tema 3. Nos preocupa mucho lo que piensa el otro, tal vez para determinar lo más rápidamente posible si nos cae bien o mal, si es de los nuestros o del bando contrario. Somos sapos. ¿Se han fijado como la gente se mira en la calle? Vas feliz de la vida y con casi todas las personas que te cruzas en la vereda haces contacto visual. Antes pensaba que esto era algo cálido que demostraba que nos preocupábamos del otro y que nos deteníamos un momento para dedicarle un segundo a otra persona. Mentira. Luego de caminar por la calle sin que nadie me mirara ni la ropa ni los ojos ni la cara ni mis zapatillas ni mi gorro de lana me sentí libre. ¿Qué tenemos que andar mirando tanto? ¿Qué importa como anda vestido el chiquillo hippie? ¿Por qué tanto cuchicheo cuando la chica nueva de la pega llega con zapatos excéntricos? Hicimos del pelambre un deporte muy entretenido, y no nos damos cuenta que es una pérdida de tiempo. Si vas a la playa y me ves con mi celulitis aguda y aún así en bikini, ten clarísimo que me da exactamente lo mismo lo que pienses. Si a ti te preocupan esas cosas, entonces tú no muestros los tutos de naranja. Allá tú. Lo que es yo, me voy a ir a bañar con mis tutos de cráter.

6- Somos amigos.
No sé si esto es algo que tiene que ver con ser latinos, pero nuestra calidez con la gente que queremos es notable. Si bien somos fríos con gente que no conocemos o que piensa diferente, con los nuestros somos un amor. Somos de piel, de abrazarse por las puras, de inmediato ponemos el hombro al que lo necesite, hacemos una vaca para el cumpleaños de un amigo para que en lugar de recibir 5 regalos pencas reciba uno la raja y que siempre quiso. Si no estamos de acuerdo con un amigo, no importa, igual estamos ahí para cuando quede la grande. Nos cuidamos, nos defendemos a muerte, somos leales, le escondemos el teléfono al amigo que quiere puro llamar a su ex, y le tomamos el pelo a la amiga que se va de guajardo.

7- Cultos anti-cultura.
Nos castigamos mucho por los gustos personales. Si no te gusta algo chileno, entonces estás renegando de tu país y mejor ándate al extranjero porque aquí no necesitamos gente como tú. Si vas a cantar, que sea en español. Si vas a hacer cine, que tu historia tenga un drama social porque a nadie le interesan los problemas de los cuicos. Si vas a escribir, lo mismo. El arte es arte, la cultura es cultura, y puede tomar muchas formas. Estamos en un mundo conectado, tenemos acceso a lo que queramos y recibimos influencias de todas partes del planeta. Es inevitable que nuestros gustos vayan más allá de Los Prisioneros y del discurso político. Hay tantos temas que abordar, pero aún así nos limitamos y vemos la necesidad de decirle al otro cómo tiene que expresarse.

Al final siempre volvemos a la intolerancia. Política, cultural, lo que sea. Dejemos de preocuparnos tanto por lo que le gusta al otro o aprendamos a debatir. No sigamos tachando de fachos, comunachos, o lo que sea a otra persona porque no nos gusta como es. En la diversidad está la belleza, y si hay algo que tenemos en este país es la diversidad. Tenemos que aprender a admirarla no más.