sábado, 14 de abril de 2012

Copete Gratis

ADVERTENCIA: El siguiente relato no es autobiográfico; es una combinación de historias reales pero ninguna en particular. Solo busco exponer una realidad que, lamentablemente, aún existe. La temática puede ser un poco fuerte para algunos lectores. Leer a discreción.


Después de la fonda nos fuimos a bailar. Con los estómagos llenos de empanadas tibias con cebolla amortiguada y de uno o dos anticuchos nos sentíamos más que satisfechas y preparadas para seguir festejando. El galpón estaba repleto; el ambiente vibraba con la música en vivo y ya se estaban condensando los vidrios.

Dejamos los abrigos en guardarropía porque el calor se hacía insoportable. La Rucia partió con su pinche a los sillones del segundo piso y con la Caro nos lanzamos a la pista. Todavía no hacía sed. En buena hora porque la fila para comprar era eterna. Llegaste con tu amigo y nos sacaron a bailar. Aceptamos. A eso íbamos. Te llamabas Martín y tus bromas eran algo infantiles pero no me di cuenta porque solo tenía 20 años. En ese tiempo no tenía filtro de clichés.

No bailabas muy bien pero le ponías empeño. Hacías pasos medios tropicales, esos que los chilenos hemos memorizado porque no los llevamos en la sangre. Te sigo el juego y nos reimos mucho. De a poco te vas acercando y me hablas al oído. No me gritas a pesar de lo fuerte que está la música. No es necesario. Cada vez que hablas siento calor en mi oreja y una cosquilla en el estómago. A veces un poco más abajo. Decido que me caes bien y que me gustaría que nos viéramos otra vez, pero no digo nada. Las minas somos así.

Luego de bailar toda una hora comenzamos a sudar y ya no se puede disimular. Me da vergüenza pero te lo tomas para la risa, lo que me hace sentir más segura.

"¿Querí' tomar algo?"

"Dale, vamos."

"No, quédate aquí. Voy y vuelvo."

Desapareces entre la multitud y me quedo ahí parada. Trato de buscar a la Caro pero no la encuentro. La Rucia sigue en el segundo piso tratando de crear un ambiente romántico en una multitud de extraños. Muevo mis pies al ritmo de la música pero no demasiado. Qué plancha bailar sola. Por los parlantes anuncian la última canción y las pifias no se hacen esperar. Reviso mi celular y veo que son las 3:52 AM. En mi cabeza empieza todo un argumento a favor de los carretes en fiestas patrias durando toda la noche. Soy joven y quiero pasarla bien. No estoy cansada; queda cuerda para rato.

Apareces al lado mío con dos vasos. El mío una piscola y una cerveza para ti.

"¿Salgamos?", me propones. Acepto y agradezco que no me estás mirando cuando me tomas la mano porque me sonrojé de inmediato. Recuerdo que tengo mi abrigo en guardarropía pero me dices que vuelva después cuando salgan mis amigas. Sé lo que va a pasar afuera. Sé que me vas a besar e intento anticiparme a lo que llevará a ese beso. Me pregunto qué vas a decir que va a ser tan encantador o tan gracioso o tan seductor que me dará el visto bueno.

Ya estamos afuera y el frío es espantoso. Tu auto está estacionado justo afuera del galpón y nos subimos. Me comen los nervios. Pones música mientras pruebo mi piscola. Está buena. Conversamos y la tensión es incómoda y adorable al mismo tiempo. Somos tan jóvenes; tenemos todo por delante y aquí estamos intentando conectarnos. Hasta el momento lo logramos. Me cuentas historias muy graciosas de tus amigos y de la universidad. Me haces reír mucho y más aún a medida que mi piscola desaparece.

Finalmente nos besamos. No lo haces muy bien, pero en ese momento no me doy cuenta. Tengo 20 años. Aún no conozco nada mejor. Nos reímos, nos besamos. Me tomas la mano. Todo es perfecto.

Siento que se adormecen mis piernas pero no le doy importancia. Quizás tomé mucho o algo así. Ya pasará. Pero no pasa. No las puedo mover. Lo mismo le pasa a mis manos, luego a mis brazos. Siguen mi cintura, mis hombros, todo.

"¿Estás bien?" me preguntas con una pequeña sonrisa.

No, no estoy bien. Lo quiero decir en voz alta pero no puedo. Estoy paralizada. No entiendo lo que me está pasando. El vaso de piscola, ahora vacío, se resbala de mis dedos y cae al suelo. Lo único que puedo mover son los ojos y lentamente se posan sobre el vaso plástico.

Ahora entiendo.

Enciendes el auto y te alejas cada vez más del galpón. Quiero abalanzarme sobre el manubrio o abrir la puerta o gritar o rasguñarte pero no puedo. No puedo hacer nada. Llegamos a una casa en un barrio que no conozco. Me bajas del auto y me arrastras adentro. El pánico me consume pero no se manifiesta. No sé qué mierda pusiste en esa piscola, pero podrías haber tenido la decencia de elegir una pastilla que además de inmóvil me dejara inconciente para no recordar lo que pasaría a continuación.

Me tiraste en una cama. Entraron dos personas más. Amigos tuyos, supuse. Con muy poca delicadeza me sacaron las botas y luego los pantalones. Sabía que no podía hacer nada, pero tenía la esperanza que a alguno de ustedes se le ocurriera apagar la luz.

Mientras hacían lo que querían conmigo sentí las lágrimas caer por mi rostro. El ardor se transformó en dolor. Cuando me dieron vuelta mi cara quedó aplastada contra la cama y apenas podía respirar. Pensé que la falta de oxígeno me dejaría inconciente de una vez por todas. Pero no fue así.

De pronto, una esperanza. Podía mover mis dedos. Poco, pero algo es algo. Los moví una y otra vez para no perder esa habilidad que tanta falta me hacía. Esperaba que ustedes no se dieran cuenta, pero me dieron ganas de gritar cuando el idiota de tu amigo apuntó mi mano. Rápidamente me vistieron y entre los tres me subieron al asiento de atrás. Tú, Martín, te quedaste en la casa mientras tu otro amigo idiota me llevaba a algún lugar. La noche se aclaraba. El miedo se multiplicó cuando sentí el olor del Mapocho entrar por la ventana. Pensé que me iban a tirar al río. Resultó que estaba cruzando el puente y nada más.

Unos minutos después el auto se detuvo. Tu amigo me bajó en el Forestal y me dejó en el pasto. No había nadie ahí a esa hora. Las noches todavía eran demasiado frías como para andar en la calle a esa hora. Por la cresta.

Quise girar la cabeza para ver si alcanzaba a ver la patente del auto. Algo, cualquier cosa que me ayudara a indentificarte más adelante para meterte preso, no sin antes hacerte mierda las bolas a patadas. Mis dedos se movían pero mi cuello coninuaba paralizado.

Mientras mi cuerpo despertaba junto con la ciudad me puse a pensar. Seguramente nunca te llamaste Martín. ¿Y tu amigo? ¿Y la Caro? ¿Le habrá pasado lo mismo? ¿A esto se dedican con tus amigos, "Martín", a drogar a mujeres y luego violarlas? Violación. Me pasó. Una escucha tantas historias y esperas que jamás te pase a ti. Hasta que te pasa. Y sentí terror. Terror de lo que me hicieron, terror de lo fácil que resultó para ti hacerme esto. ¿Qué va a pasar ahora? No usaron nada y quién sabe qué me pegaron. Tengo que ir a la clínica. Apenas pueda moverme pesco un taxi y le pido que me lleve a la clínica. Recién en ese momento me doy cuenta de que no tengo mi cartera. Quedó en tu auto.

Mis pies recuperan la sensación lentamente. Recuerdo cuando te acercaste a mí en el galpón. Todo lo que conversamos, todo lo que reímos. Me habías caído bien. ¿Por qué hiciste esto? ¿Era necesario? Si no hubieses resultado ser un hijo de puta enfermo y depravado podríamos haber salido como jóvenes normales. Lo habríamos pasado bien. Habríamos ido al cine, habrías tomado mi mano en la oscuridad de la sala. Saldríamos a más carretes, conocerías a mis amigas. Habríamos pololeado eventualmente. Te habrías sentado en mi mesa con mi familia.

Cuando finalmente puedo mover mis manos me las llevo a la cara y me largo a llorar.

***

Han pasado tres días desde esa noche. Cuando finalmente me pude mover me levanté y me fui al primer paradero que encontré. No sé qué cara tenía cuando me subí pero el chofer se compadeció de mí y me llevó gratis. No fui a la clínica. No fui a la comisaría. Estos tres días he sido un fantasma.

Salgo de la ducha y me miro al espejo. Todavía tengo moretones y marcas rojas en mi cuerpo. Me duele cuando me siento y no logro ponerme cómoda. El malestar físico y psicológico me consumen. Casi no hablo, casi no salgo de este trance. Ya no siento miedo ni rabia.

Siento vergüenza.

Vergüenza por no haber sido más cuidadosa. Vergüenza por permitir que esto ocurriera. Siento que es mi culpa. Sí, fue mi culpa porque rompí la regla de oro: NUNCA aceptes un trago de un hombre a no ser que mires con tus propios ojos cómo fue preparado de principio a fin. Me rompo la cabeza pensando por qué lo acepté, y ya tengo una respuesta que me hace sentir aún más idiota: porque no quería quedar como "cuática." Tanto que nos critican por ser desconfiadas y perseguidas, tantas veces nos han dicho que los hombres que te van a dañar son la minoría, que la mayoría no anda en esas y que solo quiere pasarla bien. ¿Cómo no te iba a aceptar ese copete, "Martín", si ya llevábamos una hora bailando y conociéndonos? Ya existía confianza. Ya nos tirábamos tallas y me hiciste pensar que te caí tan bien que me quisiste regalar un trago. ¿Cómo iba a rechazar un copete gratis?

***

No es hasta seis semanas después que me atrevo a contarle a mis amigas lo que pasó. De inmediato me abrazan y me consuelan mientras no dejo de llorar. Llaman a mis padres. Mi mamá llora conmigo, mi papá tiene una mirada de asesino. Nunca lo había visto así. Vamos a hacer una denuncia pero nos informan que es demasiado tarde. Mi papá se pone a gritar y un carabinero se acerca para pedirle que se calme. Ha pasado demasiado tiempo. Seis semanas. No hay ninguna evidencia. El tipo con el que bailó la Caro desapareció del mapa después de esa noche y no intercambiaron datos. Por más que lo intente la Caro no logra recordar su apellido. Cientos de personas me vieron salir de la mano de Martín de ese galpón pero ninguno de sus testimonios sirve porque no los conozco y ninguna registró ese momento. No sé la dirección de la casa donde me llevaron. No tengo la patente del auto. No sé el nombre de "Martín". No se puede recuperar evidencia física de mi cuerpo porque ya deseché la droga y el ADN de los tres hijos de puta ya desapareció. Lo único bueno de la situación es que no estaba embarazada ni tenía SIDA ni ninguna enfermedad venerea.

Salimos de la comisaría derrotados. Mi mamá llama a un psicólogo para que empiece una terapia. Mi papá no habla por horas y cuando lo hace su tono es duro. Sé que si llega a pillar a Martín lo mataría a golpes.

***

Han pasado dos años desde esto. Me costó volver a salir, me costó volver a confiar, pero lo logré. Ahora estoy pololeando y estoy muy contenta. Quizás tú también estás pololeando, Martín. Quizás llevas una vida normal. Quizás dejaste todo esto en el pasado porque en el minuto te dio lo mismo lo que estabas haciendo. Espero que no lo hayas vuelto a hacer. Espero que tus amigos tampoco. Si bien me da rabia que hayas quedado impune, por otro lado me tranquiliza saber que mi vida continuó.

Estamos en una fiesta de año nuevo con Gabriel, mi pololo. Faltan aún dos horas para las 12:00 pero la fiesta está prendidísima. Nos abrazamos y sobre su hombro creo verte. Se me congela la sangre. Me miras de vuelta y por cuatro segundos nada nos interrumpe. Sé que fuiste tú. Sé que sabes quién soy. Pero eres tan cobarde, tan poco hombre, tan colosalmente imbécil, que miras para otro lado y desapareces.

Seguirás arrancándote pero nunca encontrarás asilo. El día de mañana tu mayor castigo será tener una hija y pasarás el resto de tu vida aterrado de que ella se tope con un hijo de puta como tú.

3 comentarios:

Opiado dijo...

Está a mi parecer tan bien escrito, que di gracias que hubieses puesto que no era autobiográfico.

Pilar dijo...

Demasiado bien contado el relato. Impresionante.

Andreas Von Kunowsky Fischer dijo...

Me gustó el estilo narrativo y la historia muy potente. Lastima que en la realidad hayan muchos Martín y pocas Sofías.